Un Cuento, una Historia.
Solsticio de Invierno
“Aquello que debió ser no fue. La luz, los colores, el primer abandono.
Primera mirada, cuatro paredes;
Primer golpe, extraño enemigo;
Primer Solsticio de Invierno, primera víctima.
Así fue, Así es, Santiago Morsallels.
Sus Lágrimas, Sentencia prematura;
Su instinto, tragedia eterna,
Suspiros ansiosos en una tarde sepia.
Guantes estériles,
Fútil impaciencia,
21 gramos en exilio,
Madre muerta.
¿Qué puede hacer aquel cuando son negras las rosas que le acompañan, cuando será el Réquiem su canción de cuna o; cuando su primer aliento roba el alma?”
Esos, los versos que acompañasen a Santiago durante su vida. Himno dedicado por su padre el poeta; Ignoci Aran Morsallels aquel 21 de Diciembre de 1984 en que celebrar fue tragedia, día cuya felicidad de calendario acompañada de su eventual hipocresía transformase en el misterioso destino de una incipiente y peculiar vida. Santiago nace, su madre muere y el desenvolvimiento de los sucesos sería el eterno patrón. Descansando entre llanto, protegido por el plástico mientras la atención es usurpada por la muerte despojándolo de ese primer abrazo, de su primer cariño o su primer beso. El primer año, es alimentado por el luto de su progenitor, quien teniéndolo inocente, no puede sino en resentimiento calmar el hambre, la necesidad, los llantos a destiempo; Para el poeta cada día, cada momento junto a Santiago solo refuerza su sentir haciendo toda sonrisa, tetero o grito condena; recordatorio del 21 de Diciembre en que el precio de la vida no fue sino evidente. Poco tiempo pudo el padre seguir contagiando a su hijo; perturbado por su pérdida y ciego ante su felicidad, contrató sirvientes, cerró con llave la habitación principal mudándose al ático de aquella casa que tanto despreciaba pero que sería hasta su ultimo día el latente recuerdo de su ausente esperanza. No ha existido construcción tan objetada, capaz de inspirar temor como aquella donde crecía Santiago y que tanto adoraba Esperanza. Desde que fuese un terreno en 1943 hasta hoy, la casa que ahora corre por el nombre de “Nirvana”, ha recibido con macabra casualidad, el último deseo; última palabra o mirar de 23 personas. Suicidios, asesinatos, casualidades, infartos. 23 en total, no un número definitivo; sólo temporal.
Algunos, murieron del chance, como lo hizo el compadre Castillo en 1943. Criado en la planicies de Guárico, tosco, supersticioso e ignorante como se puede ser. Su piel, cuero de ganado, su cara, desgastada consecuencia de su seca crianza. Caminaba etílico huyendo de sus miedos aquel medio día en que el monte crecía erguido buscando el cielo. Sus cayos, sus dedos acariciando la cerca del terreno; el sol asesino implacable recordabale al infierno de su niñez cuando con doce años degollaba corderos inocentes como para un niño de doce pueden ser. Siempre decía, “El llano es rudo” cuando la oportunidad se presentaba, quizás para exaltar su ausencia de tacto o quizás orgulloso de su supervivencia. 15 kilómetros por caminar, el sol, el hastío en su alma le obliga a considerar, su casa al otro lado del terreno, Castillo recorta, pasa su pierna izquierda por la cerca; los alambres de púas oxidados, pacientes, ansiosos esperan. Castillo resbala rajando su pierna, cae molesto desconociendo, sin saber que a tan sólo un metro de su pierna yace aunque ahora en posición defensiva, la recién escapada Mamba negra, única en Venezuela regalo del excéntrico Darío Trapez a su esposa tras regresar de sus excursiones en África. La Culebra medio inocente defiende con sutil fatalidad su morada, Castillo el intruso, los dientes cuchillas, el veneno su condena. Gritos, retuerce, levanta. Corre por su vida. 15 kilómetros su meta, Corre, corre. 100 metros la realidad; cae, suspira, mira el cielo que admiraba de niño mientras es asesinado por la vanidad, reposa en el monte deshidratado aquel anómalo día, inmóvil, aterrado, frio; muerto como los corderos de su infancia.
La muerte del llanero no es sino una entre tantas que en los límites de esa construcción han acontecido; un número entre 23. Nada más. El verdadero emblema de horror es la tragedia del 57. Suceso de capaz sacudir las mentes más entumecidas. Hecho responsable del mito, del temor infundido por la casa que desde del 52 yace sobre el terreno imitando un fortín. El ingeniero Gámez y sus hijas, la antítesis de Santiago, coexisten con él separados por el tiempo únicamente. Carolina Gámez y su hermana María Josa Gámez princesas de su padre regresan de clases a su castillo, fortín creado en honor a ella, la tarde del 57. Una tarde como cualquier otra, sin distintivo alguno de la atrocidad a suceder. Las hijas duermen tranquilas como lo han hecho desde siempre a la espera de su padre quien trabaja al otro lado de la ciudad. 6:00 pm, el ingeniero ausente, los sirvientes durmiendo y las princesas de 6 y 11 años se levantan en el desierto castillo. La casa oscura, pasillos desolados, silencio utópico. A 50 metros del escenario, vive la cocinera acompañada de su deforme hijo viendo televisión. El hijo, retardado, lento. Su cuerpo asimétrico a su mente. 2.13 metros de altura, 130 kilogramos de fuerza, adquirida del trabajo que su madre le obliga a hacer durante la jornada, sentado con su inmóvil expresión mira fijamente el televisor. Sus expresiones, sonidos grotescos seguidos por un golpe de su madre a quien es normal exigir silencio, su joroba sale por el cuello de la camisa, su frente roca maciza y un hilo de saliva conecta su pecho con su inmóvil boca. La electricidad se corta, el televisor se apaga seguido de un sonido horrendo emitido por sus entrañas. El ocio inquieta la mente, impacienta sus piernas. La madre dirigiose a su cuarto esperando la mañana. El engendro inquieto, inmóvil examinando su reflejo mientras la saliva cae por sus dientes es sorprendido por la campana en su puerta motivada por las niñas. Ésta siempre ha indicado su comida. Se levanta, abre la puerta dejando la sala mientras corriendo llega a la cocina. Encuentra la nada. Irrumpe en la sala en una estampida iracunda, inexplicable. La puerta bloque de madera ahora aserrín a su bestia. Sube por las escaleras donde juega la inocencia. La escena sangrienta toma lugar. Gritos abunda, horror acaece, el silencio determina. Las horas pierden su actualidad, el ingeniero llega tarde y antes de siquiera entrar, el charco de sangre advierte; desespera. En la sala descansa estático frente al televisor apagado el hijo deforme, su frente, su cuerpo, rastros de sangre, el hilo de saliva rojo metal arriba en sus cuartos; sus princesas muertas, desfiguradas en un ballet sangriento ahora acostadas yacen despojadas de su belleza, arrebatada su perfección con cada segundo de la sádica obra que cobró vida en las habitaciones solitarias del fortín.
5.840 días seducidos a la noche, 140.160 horas separan a Santiago de la esperanza, 8.409.600 segundos ha experimentado en la nada del fortín de altos techo y largos pasillos. 15 años vividos, su crianza un trabajo, su afecto un sueldo; condenado a la indiferencia por el padre más vil, el más humano padre que hace 1 año, en 1999, se despidió arrancándose los ojos la última imagen de su débil pareja, coloreando su cara de sangre y en su pecho su último poema; Asesinos y amantes. 15 años, hoy 16, han sido suficientes a Santiago para redirigir las supersticiones de Caracas, sus mitos. Cada año dio persona al miedo, una cara. Santiago es ahora el ataque de la ignorancia, el blanco de una histeria compartida, motivada por el hombre de rimas que desde aquel 21 de Diciembre acompañado al abandono social que lo confinó a su suicidio dedicose solo a escribir asonantes de desprecio, consonantes en resentimiento. El poeta lo dibujo en los ojos de los más, como la creación, el engendro del mal que en el fortín habita; la maldición, el miedo; el fin. Hoy, es 21 de Diciembre. Santiago nunca ha tenido que celebrar. Desde 1984, Ignoci Aran, juró fielmente matar al que sonriese este día, por lo que en el fortín nadie sonreía haciendo de esta fecha el día que la ignorancia y el egoísmo florecían venciendo al ánimo destinado a descender consecuencia de la festividad. Sin embargo, este 21 de Diciembre es distinto; peculiar. Cada cumpleaños la editorial publicaba un nuevo alejandrino, nuevas letras, haciendo sincera contribuyendo a la honesta tristeza. Santiago creció solo, su madre murió al nacer y con ella también, aunque no el cuerpo, lo hizo su padre. Abandonado por aquellos de quienes debió recibir protección su ánimo se hizo fuerte, invencible. Era un joven enigmático, introspectivo, solitario. Aprendió el idioma pero nunca ha hablado. Su voz nunca se ha escuchado y el único sonido que su garganta emitiría seria un cercano grito de terror.
Se levantó olvidando la fecha, preparose a estudiar como lo hacía todos sus días encerrado en su anexo. Santiago no siempre fue autodidacta, convirtiéndose este en su destino tras el suceso acontecido a sus 6 años que en consecuencia lo encerró su palacio aquel día de clases cuando todavía era un lujo para él, en la mente de muchos ser un mártir. 20 de abril de 1990, fecha en que la serie de eventos desafortunados sucederían. Un dibujo libre, asignación común para los niños ordenada por la maestra. Flores, animales, cielo, mar los dibujos predominantes pero Santiago, un piano en llamas. Para él, a quien le obsesiona la música, el fuego era la pasión que sentía cuando el piano se proponía melodías. Para una mente incipiente cualquier dibujo es inocente, ingenuo, sin prejuicios. Solo un dibujo. La profesora preocupada al ver lo que la imaginación proyecta, lo comanda a la Psicóloga de la escuela. Santiago, que siempre ha temido la autoridad, sienta callado ante el juzgado de la complicada mente. Escucha, no habla; preguntan, no responde y mientras este juicio acontece, el piano del colegio que está siendo extraído por una grúa camino al museo local por su rareza y antigüedad, se suelta, desprende cayendo sobre una tubería de gas. La madera cede, entre sonidos de notas afónicas, la muerte hecha madera, hierro da inicio al fuego que alimentado por el gas que corre por debajo del salón de Santiago. Implacable la chispa, esa que da vida ahora la que la quita. Una explosión nada grandiosa bloquea la salida, el fuego trepa por las paredes, los niños se esconden debajo de la madera. Los dibujos, la imaginación y los infantes cenizas aquel fugaz instante en que, para la fortuna del príncipe, extingue la vida de todos los que en aquel entonces eran sus compañeros. Aquel día fue definitivo, el mártir extinto dio paso “al que la muerte lo acompaña”, temido, incomprendido, maltratado. Cualquier posibilidad acabada, desde entonces y una década después, Santiago solo ha sido el vocero de aquellos olvidados, su castillo la iglesia del rechazo y su credo la soledad.
Santiago descansa echado en el sofá, lee El Proceso, toma Café acompañado de sus obras, sus fieles cómplices. Antes de que sean las estrellas el paisaje suena la puerta. Alguien espera frente al muro. Santiago ignora, esta fecha solo incita el odio. Rocas, cartas de tirria, grafittis han sido siempre sus presentes. El aspecto del fortín distinto de lo que algún momento existió en planos es ahora el cliché de objetos olvidados. Sus muros irregulares, caídos. La puerta manchada, las ventanas quebradas. Espejo de su antiguo dueño. La puerta golpea nuevamente, Santiago que habita donde alguna vez lo hizo un error de la genética, continua ignorando. No hay con quien compartir el reino, los sirvientes retiraron con la muerte del poeta. Se acomoda en el sofá que todavía tiene mancha de saliva dejada por su dueño. El anexo donde vive Santiago es un vórtice en el tiempo. La mesa sostiene todavía las fotos de la cocinera y su hijo. Los utensilios, aquellos con los que cocinó a las hijas intactos, gotas de sangre secas en el piso. Él es el único que ha entrado desde que los oficiales en el 57 por obligación lo hicieron. El príncipe, nunca tuvo amigos, fotos, ánimo o juegos. Su anexo, un escondite impersonal, su único aposento donde únicamente los libros, sus compañeros. Torres de libros en cada espacio, cada esquina. Desordenados, caidos, descuidados; para quien nunca hubiese estado sería imposible moverse sin tropezar alguna torre que llegaban hasta el techo, otros inclinados, en fin, los únicos compañeros de Santiago. Sigue en El Proceso, concentrado. Suena la campana. No la puerta. Santiago se sorprende. Luna nueva, esta noche ni ella lo acompaña. Coloca el libro, advierte la cocina desde su ventana. Nada percibe. Piensa lo peor, la razón sucumbe, la paranoia evidente; finalmente han venido a asesinarla muerte piensa; abre la puerta. Un inmenso espacio separa la cocina del anexo. Exactamente 50 metros, donde hubo verde solo hay tierra, basura. Llega a la cocina, enciende la luz. Nadie, solo las cucarachas corren huyendo, se esconden detrás de los muebles, el fregadero. En este espacio, desmiembra el anormal a las Princesas Gámez, separados solo por el tiempo. Se abre paso a la sala donde pisa una rata que mordiendo su zapato se pierde en la oscuridad. Enciende la lámpara. Atónito por el estado en que todo se encuentra. Los muebles dejan desnuda su intimidad, el comedor caído, se sostiene de un lado. El centro de la mesa frutas podridas, Gusanos cenan. Las arañas hacen de la habitación su paraíso. Los cuadros desconchados, rajados. Porta retratos sin fotos. Una década de plagas en solo un año. Santiago piensa en lo sencillo que es borrar la huella humana.
Tres golpes, repentinos, fuertes tocan. El príncipe piensa, una multitud enardecida espera. Corre hacia la puerta aspirando los golpes que den fin a su miseria. Se detiene, suspira. Abre y nuevamente; nada. Algún vecino descansa en el porche de su casa. Al verlo, corre adentro. Primera vista del Príncipe Mors desde que culpable de asesinar a 35 niños lo hicieron. Vehículos se detienen frente al Nirvana, perros ladran en aquella tranquila y lejana calle de la Lagunita. Alto, pelo castaño, flaco y como siempre, sus ojos la noche; lejos de ser aquel niño que a sus 6 infligió tanto dolor, luto y duelo. Santiago observa orgulloso, erguido, se agacha recogiendo la caja que han dejado a su puerta. No hay multitud enardecida, ni muerte inevitable. Santiago decepcionado, mentira fuese afirmar que el suicidio no ha contemplado, cierra la puerta retirándose a su prisión. Evita el interior de la casa, coloca la caja entre dos torres. Se sienta a admirarla. ¿Qué puede ser? ¿Excrementos, pistola, hojillas? ¿Qué instrumento de rechazo han elegido esta vez? El interés se pierde, agarra el libro para continuar, pero antes de siquiera empezar. Suena la Campana. Molesto deja el libro, se levanta. Entra a la cocina. Nadie. Revisa con desespero cada habitación, cada closet, cada rincón. Excepto el ático. Nunca ha entrado, nunca lo hará. Regresa, deja la luz encendida a la espera del culpable. Camina en un andar amargado. Abre la puerta, queda quieto. El misterio arrebate la rutina, la agenda de la soledad. Las rodillas cede, el enigma levanta el cuerpo. Sobre las torres está la caja. Ahora, abierta. Dentro de ella, una pequeña torta con 16 velas encendidas. Una nota. La agarra, mientras por el espejo busca encontrar el reflejo de quien molesta. Con sus dedos, delgadas espigas, abre con recelo la nota. El papel se muestra. Revelando su blanca ausencia. Santiago lo rompe tirando al suelo. Antes de soplar, la luz de la cocina se apaga. Percibe en el reflejo. Voltea. Está encendida. Algo pasa. Voltea al reflejo. Prendida. El silencio abunda. La oscuridad domina, la luna esconde su tenue alivio esta noche. Santiago sopla. Las velas encendidas. Sopla nuevamente. Mismo resultado. Moja sus dedos con su lengua pretendiendo extinguir al la llama. Se quema, no se apaga. Su cara la incomprensión. Justo antes de volver a intentar. Se apaga la luz, se voltea. Encendida. Abre para salir a la cocina. En la puerta se detiene. Es él, un muñeco sosegado. Escucha una voz. Susurra a su oído. Escucha cerca, a su lado, en él.
- Velle in me. –
Santiago, que ha tenido una década eremita. Maneja 23 idiomas. Libros de lenguas muertas, modernas. Todas. Entendió mas no creyó. El susurro expresó: Desea sobre mí. Atreviose a ignorar. Nuevamente el susurro se presentó. Santiago sonríe. Que oportuno perder la cabeza en este día, esta noche pensó. Simple, sublime sería a partir de hoy ser desquiciado. Se dijo a sí. Regresa su mirada a la velas. Y en la mesa está cerrada, la nota que posaba hecha pedazos en el suelo. La agarra y lee. Ahora ya no blanca expresa: Velle in me. Revisa su pequeño santuario. Nadie. Se para en frente de la nota, de la torta y velas. Suspira, se prepara a soplar. Desea. Agarra aire, se agacha y antes de soltar, una ráfaga de helado viento, pasando suspendido por la puerta. Las apaga. Santiago, quien ha tenido un día anómalo, peculiar. Sonríe. Su primer deseo. ¿Cuál podría ser? ¿Cuál sería apropiado al príncipe? ¿Qué podría desear aquel a quien solo la soledad le acompaña? Sus pensamientos, su voz, aquella que nunca ha escuchado, reflejo de su alma reveló: “Deseo temer a la muerte como aquellos que me temen a mí. Deseo pánico sentir ante la amenaza de morir. Deseo a la muerte poder mirar, sin sonreír.”
Bota la caja, desperdicia su adentro. Solo veneno puede contener le comentan sus pensamientos. Se sienta, continua su lectura. La luz de la cocina todavía encendida y un portarretrato le sirve de espejo. Concentrado en ver el que sabotea más que seguir su historia, hacen de sus ojos un metrónomo incesante. Ni lee. Ni consigue al culpable. Y este vaivén, esta amarga tarea, debilita su ánimo, sus fuerzas. Cae, los parpados, los ojos adentro, el libro rueda al borde. Su mano suspendida, inanimada. El sueño.
Pasan las horas, la noche extrañamente serena. El sueño marchase tras haber vencido el interés por el sistema judicial de un checo. Abren los párpados. Pesan como lo hace la culpa. Siente su cuerpo, un vacio. Cada ojo lucha con desdén. Perciben abiertos la noche que pensaban sería el día. Desconcertado, ve la hora. Segundos para media noche. Agarra el libro tirado en el suelo, lo Sostiene en su mano cerrado, mientras el índice marca la hoja. Suda. Cansado. Acomodase en el sofá mientras su brazo seca su frente. Cierra sus ojos. Los abre. En su brazo, una mancha no transparente aparece, roja, vino tinta, negra. Se asusta dejando caer el libro, que ligeramente sus páginas muestra. La historia no está. No está “K”, ni sus agentes, ninguna letra del empleado del reino de bohemia. Santiago, recoge el libro mientras lo sostiene entre sus piernas. Su piel, transparente; como debió su traspiración, aunque no lo fue, ser. Pasa cada página meticulosamente, lee, repite, desespera la precisión, arrancando cada página para poder ver la siguiente.
La paciencia huye, entretanto cada línea, cada palabra, cada cuartilla revela: “Velle in me. Planto a Votum”, repetidos en ese pequeño infinito. La frase, en latín, “Desea sobre mí” ya no existe desierta buscando respuesta, ahora; le sigue, le acompaña, aquella que en traducción exacta diría: “Deja sentada una plegaria”, pero que en nuestro contexto, confiesa mientras el príncipe repite atónito, en silencio, la palabra: Reza. Corre al espejo que espera quebrado, tal cual lo hacen sus semejantes en el fortín, en aquella campaña contra la vanidad que tuvo lugar algunos meses. Ve su reflejo, perturbado por libros, polvo, torres. Abre espacio, observa. Sangra en su cara, en su cuerpo. Sus pupilas dilatan buscando el alivio que no encuentran. Corre, corre al Castillo. ¿Qué ha pasado? ¿Hasta en mis sueños he asesinado? ¿Es posible incrementar el odio, ser causa de más dolor? Entra, la cocina, luego la sala, último las habitaciones. Sube las escaleras buscando algo. Un cuerpo, un rastro. En búsqueda de su más reciente tragedia. En el segundo piso, cuatro cuartos, dos de frente, dos a los lados del último escalón de piedra. Detrás, un balcón. La entrada al ático. Cada habitación es abierta, revisada, cerradas en ansias, sabiendo que cada segundo acerca el momento en que el motivo se nos presenta evidente y la vida extinta en sus manos reposa nuevamente. Nada en la cocina, sala o habitaciones. Queda solo algo por revisar. Santiago, traga saliva. Sus manos tiemblan. Al ático, nada se acerca. Se queda parado debajo de la entrada que está sobre él, mirando. Buscando el coraje en sus adentros. Su mano derecha sostiene la escalera, la izquierda más alto. Marchando se adentra al lugar, en donde todo su desprecio encontró origen, aquel espacio, donde un desquiciado con rimas, con versos expresaba el miedo, el odio a su primogénito. Abre la pequeña puerta de frágil madera. Cae, levanta polvo. Exhala. Sus latidos bombean el temor, la adrenalina. Sus venas agrandan, su cuello tenso. Como un niño inocente, como un niño pequeño, cierra los ojos. Asoma su cabeza. El ático, aunque ya adentro, todavía, al menos para él, es solo un cuarto negro.
Desde afuera, el ático se ve por encima de las fronteras. Construido se asemeja a las torres de vigilancia del Castillo de San Agustín, por dentro el escritor cerró sus ventanas. Pequeño, redondo. De techo medio. Santiago se decide. Abre los ojos esperando lo peor. Ningún vestigio, ninguna huella. Las paredes forradas en poesía. Santiago abandonado por el miedo, revisa los recortes del periódico. Artículos de la muerte de esperanza. Los niños quemados. Examina cada una de las 23 muertes de la casa. Un álbum de fotos de Santiago. De pequeño. Sus ojos, con marcador negro. Pintados. Primera vez que se ve. Nunca una foto de sí había visto. En el fondo, entre artículos y poemas posa un inmenso espejo que refleja entre letras. En sangre, escribió sin sus ojos el titulo de su última égloga. Su última oda venerando la muerte. Quita papeles intrigado; caen al suelo mostrando sus letras. “Asesinos y amantes”, escrito con su sangre. Se acerca, pisa algo. Quita su pie buscando respuesta. Asqueado retrocede. Un ojo, muerto, de su padre lo mira. Retrocede un poco más. Nauseas, angustia. Se agacha y vomita decorando aún más el repugnante cuarto. Se limpia la boca, se levanta. Contempla. Regresa el vértigo incitando la arcada. Controla. Lagrimas ciegan su mirar. Caen por su mejilla, aquella que está maldita. Hierven sus venas molesto. Se seca el alma, el llanto al viento. Mirase a Santiago, su reflejo ante el espejo, la sangre, en su cara, en su cuerpo no están. Han desaparecido. De repente, Detrás de él, refracta una imagen. Un humano. No del todo sin embargo, su piel arrancada. Su músculos, tendones, venas; sus adentros, sus vísceras, visibles. Su color Rojinegro. Aspecto resbaloso. A sus pies un charco de aceite. En sus hombros un negro abrigo de piel. Lo único que de su piel queda está en su pecho. Con su piel, está escrito, entre fluidos, entre huesos, “Velle in Me. Planto a Votum”. Santiago, Voltea estrechándose contra la pared. No hay nada. El humano, o sus restos desaparecidos. El aceite evaporado. Santiago desmaya.
Reacciona. Despierta. Enfrente. El ojo de su padre lo mira de nuevo. Santiago levanta alejándose. Se repone. Se calma. Irse sin meditarlo. Se acerca a la escalera. Coloca su pie izquierdo, desciende con el derecho. Mira por último el cuarto, y detrás de él, entre la pared y su cuerpo. Otra vez el humano. Santiago voltea. Nada. Suspira, ríe en histeria. Pausa. El pie izquierdo baja al alma. El en el espejo, el humano estático admira. Santiago. No lo ve. Cierra la puerta. Bajando, de lado, un cuadro protegido con un vidrio, refleja. Santiago voltea, del otro lado del balcón, el humano espera. Santiago resbala cayendo sobre su espalda. Golpea su cabeza, el aire escapa entre sus dientes. Pánico, dolor y el espectro desaparecido. Corre, baja por las escaleras. Tropiezan sus pies cayendo de frente. Su nariz sangre, sus dientes ruedan. El humano lo acecha desde los reflejos. Cada vez más cerca, cada vez se aproxima. Se levanta entumecido, corre hasta su anexo dejando gotas en su camino. Entra, cierra la puerta con llave, corre hasta su cuarto tumbando todas las torres de libros. Busca un bate que guarda en su closet. Se arma. Se esconde. Espera. Nada sucede. Nada aguarda. El humano despellejado de traje negro espera. Santiago, se levanta, solo en el fortín maldito mientras un espectro lo caza. No puedo quedarme aquí se dice. Debo salir, ¿A dónde? Piensa. Escapar en el carro, nunca más regresar; a pesar de quienes afuera de las paredes esperan ninguna otra opción se presenta viable. Ropa, zapatos. Debo irme, decide. Con su bate en mano, objeto que su padre había comprado antes de su nacer, el coraje vence al miedo. Sale a la sala. Desordenado, polvo, insectos. Abandonados sus únicos compañeros. Camina con cautela, cada paso preciso, atento. Prepara sus piernas para correr. La puerta de madera, el marco hasta la cintura, espera hasta el tope un vidrio cubierto por una cortina. Santiago se acerca, pasa el sofá, sostiene con su mano pálida la manivela. Da Vuelta, no abre. Con su miedo quiebra la llave. La cortina se desprende. Revela al humano. Santiago lo ve, voltea, suelta su furia, su miedo con el bate. Batazos a los libros nada más, más polvo se levanta; mas libros caen. Mira el reflejo otra vez, cada vez más cerca su sangre el aceite, el abrigo. Acorralado, sin salida. Al borde de una muerte terrible, horrorosa. Lanza su cuerpo por el vidrio, escapando. El espectro desaparecido. La caída lastima el hombro, los vidrios cortan su cuello, en ese momento entiende, comprende que solo a través de espejos, de reflejos es capaz de ver al humano. La adrenalina evita el desmayo, se levanta y sigue corriendo. Entra a la casa por la cocina buscando las llaves del carro. La campana a sus espalda suena. Al sus corazón a borda, su cuello sangrando. Cada vez más pálido. Cierra sus ojos evitando algún espejismo sangriento. Busca las llaves, todo cae. Ollas, cuchillos, gusanos, cucarachas. Ciego, por su voluntad, sin poder ver, todo es negro en esta ceguera temporal. Se detiene, escucha, susurrando al humano, en sus adentros;
- Corpus Vile –
Cuerpo inservible. Decíase respecto a los cuerpos aptos solo para experimentos. Siente las llaves en sus manos. Las coge. Abre los ojos en contra de su voluntad, necesitas huir, escaparse. Directo al garaje. De reojo en cada retrato, cada cuadro, casa espejo percibe fugazmente al humano ganando distancia. Cada vez más cerca. Quita la tela que cubre el vehículo. Abre su puerta. Coloca la llave. Enciende. El carro pretende, se esfuerza. No pueda. Intenta nuevamente, el pie al acelerador, su esperanza desvanece. El humo, gas, el carro enciende. No soy, no seré tu prueba, piensa. La reversa se posiciona, la adrenalina dictamina, en retroceso el carro abandona el fortín. Al fin libre de las cadenas. Libre de todo, uno más, otro que teme, otro que huye perdido en lo baladí, cegado por el superficial deseo de ser, otro individuo, otro ignorante, otro digito, otra estadística. El carro rompe la antigua puerta de madera, se frena en la callada calle de La Lagunita. Primera, el cambio. Las ruedas deslizan, el sonido perturba la paz. El carro a altas velocidades, los ojos al camino. En un instante pasa de largo a un vecino. Mira por el espejo buscándolo, solo encuentra al Humano. Frena. Pierde el control. Colea el piso mojado. No hay control. No existe el orden. Elude no pudo el destino, la prueba. La curva se aproxima, llega. La defensa intenta, el hierro cede. El carro, Santiago, su miedo caen barranco abajo. Vuelta tras vuelta, golpe tras golpe. La lluvia cae. Aceite, agua, temor. Macabro remolino. Llega a lo llano, se detiene. Santiago inconsciente. Su sangre acaricia su cuello. Su cabeza, abierta. Agotado, al borde de encontrar su muerte. Quita el cinturón cayendo sobre el techo, se tuerce el cuello la sangre es libre. Sus ojos cubiertos. Se sale, se arrastra. La lluvia acaece intensa, oportuna. Las gotas caen cada vez más seguido, más veloz, menos tiempo entre cada una de ellas. El reflejo, las gotas refractan. Arcoíris no. Tampoco un tesoro. El humano aparece. Santiago, Grita. Se arrodilla rendido, vencido. Víctima de su propio deseo. Uno más, otro muerto. El humano detenido lo observa. Lo examina con sus ojos negros. Santiago, llora, sus lágrimas se confunden con su sentencia. Grita, grita continua gritando. La gente al borde ya se ha conglomerado. Observan el accidente de aquel, el único, príncipe Mors. Nadie pide ayuda. Santiago deja caer sus brazos. Tendidos a su lado. Palmas arribas, manos abierta. Acepta su futuro. El humano se acerca lento, sereno. Cada paso, cada metro roba el aliento. Se agacha. Sostiene a Santiago por la cabeza. Lo mira directo. Sus ojos el abismo negro. La perdición. Santiago es levantado, sostenido a lo alto. Suspendido. La sangre rueda por su cuerpo, la abandona. El humano suspira. Santiago Tiembla. La luz en sus ojos finalmente. No se encuentra. El humano susurra:
- Consummatum est -
Santiago, sonríe. Muere.
La policía llega. Horas después. Con una grúa levantan el carro a su nivel. Bajan, buscan. Nunca se encontró el cuerpo. Nunca se supo la historia. Nada nunca se conoció. Revisaron la casa antes de quedar en venta. Encontraron el anexo lleno de libro, los espejos quebrados, el ático. Todo perfecto, tal cual se había dejado. En la mesa, encima de la torta de 16 velas, Apagadas. Una nota encontraron.
“Nos encontramos en el infinito. El vacio nos acompaña. Confieso no recuerdo tu cara. Nos conocemos de nuevo;
- Un placer.
- Encantada.
Te miro. Te vas. Me buscas. Corro. Lloras. Sonrío. Eternamente opuestos. Siempre en persecución. Silencio. Me escribes. Te grito. Me amas. Te odio. Siempre enemigos. Siempre en batalla. Desistimos. Te rindes. Me niego. Volamos. Caemos. Sufridos mártires. Victimarios. Siempre elocuentes. Extrovertida. Callado. Superficial. Crítico. Si duda nosotros o mejor, aquellos. Algo sin duda. Un inevitable desastre. Un recuerdo. Una historia, muchas más, muchos finales. Ninguna identidad. Parejas desconocidas. Amantes desconocidos. Ahora nada. Volvemos. Pieles distintas. Sabor extraño. Nos soñamos. Pesadillas. ¡Qué difícil! Destinados a despedirnos, a encontrarnos. El saludo la ironía. Al menos basta al cinismo. La imaginación nos destruye. La realidad nos hace y, aunque no seamos; en este desierto, falto de todo en extremo silencio. Nerviosos, atentos, nos asesinamos.
El cuchillo penetra, nos desangra. No hay más que escribir. Hemos muerto. Ahí. Allá. Sangrando. Agonizando. En el infinito nos encontramos. Nos destruimos. Caemos. Nos miramos. Esta vez no dudamos, en el último suspiro dejamos de existir y; nos besamos”.
La nota. Lo único dejado por Santiago. Su cadáver nunca se encontró. Las tragedias; nunca pararon.
Andres San Juan.